jueves, 13 de agosto de 2009

Carta desesperada a medianoche



A casi un mes de tu partida, me dispongo, un poco alocado y melancólico, bastante más gordo y menos pensativo, a escribirte.

Una tarde como cualquiera, fría, gris y descontenta, te conocí. Tan dolida, tan sufrida, tan linda y arreglada. Tan parecida a mí en sentimientos.

Solíamos hablar de nosotros, de tú con el, de ella y yo, del dolor, del desamor. De todo lo que nos unió, de las palabras sobre el hombro y de las luces bajo el sol. De un suspiro atrapado entre tus ojos y de una sonrisa agotada por la necesidad de llorar. Tú hablabas de mi amor, yo quería un consuelo. Aquellas tertulias desfallecían bajo la sombra de un futuro incierto. Tú confundida, yo no tan despierto. Estaba tan vacío y fuera de la realidad que no comprendía que podía querer una vez más.

Ahora lo entiendo, ahora que la distancia nos une, ahora que ya te has ido. No es tarde, lo sé, pero tu norte ya no es el mismo, tus ojos buscan ya nuevos aromas. Tu piel desea otra piel.

Deseo encontrar una tarde tranquila y entender qué pasó. Pensar en cada segundo que pasé contigo y reconocer en esos casi dos meses intensos que vivimos, cómo acabó así.

Ahora, solo me queda ser tuyo en mis sueños, besar tus labios en mis poemas y caminar a tu lado, de la mano, solo en pensamientos.

¿Recuerdas la última vez que nos vimos?

Espero que sí.

Te extraño.

Te veré todos los martes después de las ocho, antes de dormir, durante un descanso.

Mil besos.

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